Vinculo Lejano
Donde las estrellas danzan en bruma de sueños y los ojos encuentran descanso en el umbral de una nada, ahí nace la pregunta:“¿Dónde estoy?”
No ah de surgir como grito de temor inmediato. Pensamiento que aparece suavemente, como si el propio silencio lo hubiera sembrado en la mente de quien acaba de llegar, sin pasado descubierto y presente borroso… quizás inexistente
Ante mis ojos borrosos por una luz blanca, cegadora, pura, cálida, que se apaciguo cual filtro de un alma revelado así un castillo de piedra gris, vasto y sereno, que se alzaba con bloques antiguos del peso de trillones de años, años humanos, años luz, años cuánticos. Sus torres se elevan con una elegancia melancólica por no tener cuerpo y si vision,cubiertas por ligeras manchas de musgo que parecieron depositadas con paciencia. No parece una ruina, pero tampoco un hogar habitado. Es una presencia suspendida entre el abandono y la espera.
Rodeando la fortaleza se extiende un campo infinito de flores. Millones de ellas cubren la tierra como un mar silencioso de colores suaves: rosados que recuerdan a los últimos instantes de una tarde tranquila y amarillos que guardan la calidez tenue de una mañana sin prisa. Se mecen lentamente con el viento, formando olas delicadas que avanzan y retroceden como si respiraran junto con la tierra.
El contraste resulta extraño. La solidez gris de la piedra frente a la fragilidad de los pétalos, la quietud del castillo frente al murmullo constante de las flores.
No era como que quisiera avanzar aun así lo hice. Mis pasos avanzaron lentamente desde el umbral hacia el campo abierto, donde el suelo desaparecía bajo una extensión interminable de flores. La luz que cubría el lugar no provenía de un sol visible; era una claridad blanca y suave que parecía filtrarse desde todas partes al mismo tiempo, envolviendo el paisaje con una calma casi irreal. A cada paso, los pétalos se inclinaban apenas bajo su peso y luego volvían a levantarse, como si el terreno respirara con discreción… quizás así era.
No había árboles, no había arbustos, solo flores, millones de ellas. Amarillas y rosadas, en tonos suaves, casi pastel, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Formaban una superficie ondulante que parecía moverse con una lentitud paciente, como si el viento no soplara realmente, sino que acariciara el lugar con un gesto continuo.
Camine entre ellas con cautela al principio, pero pronto algo en mi interior comenzó a relajarse. No era confianza exactamente, ni tampoco familiaridad. Era una sensación más profunda, más difícil de nombrar. Una sensación de pertenencia que aunque resultara aterrador me daba paz, como si aquel paisaje no le fuera ajeno, aunque no pudiera recordar haberlo visto antes. Me detuve un momento y observé el horizonte. El castillo no estaba aislado en medio del campo como había pensado al llegar. Una de sus murallas se extendía hacia ambos lados con una magnitud casi imposible de abarcar. La piedra gris continuaba durante kilómetros, perdiéndose lentamente entre la bruma luminosa que cubría el paisaje.
No era una pared defensiva en el sentido habitual. No había torres de vigilancia ni almenas amenazantes. Parecía una frontera tranquila, como si su propósito nunca hubiera sido impedir el paso, sino simplemente marcar la presencia de algo mayor.
El contraste resultaba extrañamente armonioso, la dureza de la muralla, la fragilidad infinita de los pétalos. Todo era tan etéreo en esa vista al andar.
El silencio no era vacío. Estaba lleno de pequeños sonidos: el roce de las flores, el leve susurro del aire moviendo los tallos, el ritmo pausado de mi propia respiración.
Mas en medio de todo aquello, una certeza comenzó a instalarse lentamente en mi interior: Claro estaba que no sabía cómo había llegado, no sabía qué era exactamente aquel lugar, pero por primera vez en mucho tiempo —aunque tampoco podía recordar cuánto tiempo había pasado— sintió que no necesitaba apresurarme para entenderlo.
Y al fondo, la gran muralla del castillo permanecía en silencio, como si hubiera estado allí desde siempre… esperando el momento en que alguien decidiera acercarse lo suficiente para descubrir qué guardaba al otro lado o que guardaba uno para el…note algo más: una sensación difícil de nombrar, como si aquel paisaje hubiese sido preparado para recibir a quienes llegan sin comprender cómo han llegado… tan bien preparado para una mente frágil, fácil de impresionar.
De vez en cuando, entre los senderos naturales que las flores han dejado libres, aparecen otras personas. Caminan lentamente, con la misma expresión de desconcierto sereno, como si cada uno hubiera despertado allí sin recuerdo del camino recorrido…mas nadie parece saber de la existencia del otro atravesándose unos a otros como brumas. Todos miran el castillo con la misma mezcla de curiosidad y reconocimiento, como si una parte de ellos supiera —aunque no pudiera explicarlo— que ese lugar existe precisamente para quienes ya no saben hacia dónde continuar.
Y así, en medio del silencio, bajo un cielo donde la luz parece filtrarse con suavidad irreal, cada recién llegado se queda de pie frente a la entrada, sosteniendo la misma pregunta que nace inevitablemente en el umbral de aquel palacio solitario:
¿Dónde estoy?
Mientras avanzaba entre el mar silencioso de flores, llevé una mano al pecho casi por instinto, como si algo ligero hubiera llamado mi atención. Mis dedos tocaron una cadena. Era fina, de plata opaca, apenas perceptible contra la piel. Al seguirla con cuidado, descubrí el pequeño objeto que colgaba de ella: una esfera de cristal no mayor que una uva, perfectamente redondeada y clara como una gota congelada. La sostuve entre mis dedos y la levantó frente a la luz blanca que envolvía el campo. Dentro del cristal había diminutas manchas de color, suspendidas como si el tiempo no pudiera moverlas. Rosas suaves, amarillos cálidos y pequeños destellos azules se entrelazaban en formas irregulares, parecidas a remolinos de vidrio derretido que hubieran quedado atrapados en pleno movimiento. No parecía una joya lujosa pero tampoco era algo común.
El cristal reflejaba la luz de una manera extraña, como si los colores en su interior guardaran una profundidad mayor de la que su tamaño permitía tal pieza me hizo frunció ligeramente el ceño sin embargo, una certeza tranquila surgió en mi mente, clara como si siempre hubiera estado allí: Aquel collar había estado conmigo desde el principio, Un regalo recibido al nacer.
No sabía quién me lo había dado ni en qué momento exacto había ocurrido, pero el recuerdo existía de la misma manera en que uno recuerda el sonido de una voz querida o el aroma de una casa antigua: sin detalles precisos, pero con una seguridad profunda.
Lo sostuve unos segundos más, observando cómo los colores internos parecían moverse lentamente con cada pequeño giro de la esfera hasta que lo deje caer nuevamente contra mi pecho. El objeto descansó allí con naturalidad, como si perteneciera a ese lugar tanto como las flores que se extendían hasta el horizonte.
El sonido llegó primero. Un crujido grave, lento, como si la madera recordara el tiempo inmóvil. Me detuve entre las flores y levanté la mirada, las enormes puertas del castillo comenzaban a moverse. Descendían por sí solas, pesadas y oscuras, abiertas hacia el interior como si alguien invisible las hubiera empujado desde dentro. El eco de la madera rozando la piedra se extendió por el campo de flores con una solemnidad casi ceremonial.
Ante mi apareció el patio interior y la luz blanca del exterior parecía detenerse en el borde del umbral, incapaz de avanzar más allá. Dentro, el suelo estaba cubierto por ladrillos grises, húmedos y opacos, formando un espacio amplio pero profundamente oscuro. Las paredes del castillo se elevaban alrededor del patio como murallas silenciosas, dejando solo una abertura que conducía al interior.
Las personas caminaban hacia la entrada al mismo tiempo que yo aunque nadie hablaba, nadie parecía tener prisa. Uno por uno cruzaban el umbral pero algo extraño ocurría al hacerlo: Apenas sus cuerpos atravesaban la sombra de la puerta, sus siluetas comenzaban a desvanecerse. No desaparecían de golpe; se transformaban lentamente en una bruma ligera, como si el aire mismo los disolviera con suavidad. La neblina se deshacía dentro del castillo y la persona dejaba de existir ante los ojos de quienes aún estaban afuera.
Observé aquello con atención, no sentía miedo solo una curiosidad silenciosa que crecía con cada segundo. Avance.
Cuando mis pies cruzaron el límite de la puerta, no hubo sensación alguna. No frío, no calor, no vértigo. Era como si el cuerpo simplemente hubiera cambiado de lugar sin atravesar nada en particular. El patio quedó atrás casi de inmediato, dando paso a corredores interiores. Lo que encontré dentro no se parecía a un castillo pues las habitaciones surgían una tras otra sin orden aparente. Algunas eran pequeñas y angostas, otras tan amplias que la distancia entre las paredes parecía excesiva. Los pasillos no seguían una dirección clara. A veces terminaban abruptamente en otra sala; otras se abrían en espacios inesperados. La arquitectura resultaba extrañamente moderna: Muros lisos, esquinas rectas, estructuras más cercanas a un edificio contemporáneo que a una fortaleza antigua. Sin embargo, todo se encontraba abandonado. No había electricidad, ni lámparas encendidas, ni una sola ventana que permitiera la entrada de la luz exterior. La oscuridad no era total, pero sí constante. Cada habitación estaba abarrotada de objetos: Lámparas viejas con pantallas torcidas, Sofás cubiertos de polvo, Cuadros apoyados contra las paredes sin haber sido colgados jamás. Mesas, sillas, cajas de madera, estanterías inclinadas, relojes detenidos. Todo parecía haber sido dejado allí sin un propósito claro. No había telarañas solo una capa fina de polvo que descansaba sobre cada superficie como una señal de quietud prolongada.
Camine lentamente entre los objetos, observándolos con detenimiento. No parecían pertenecer al mismo lugar ni a la misma época era como si cada habitación hubiera sido llenada con fragmentos de muchas vidas distintas. Entonces lo sentí…Una presencia.
No un sonido, ni un movimiento visible era algo más cercano a una presión invisible sobre la espalda, la sensación inequívoca de que alguien me observaba muy de cerca. Gire la cabeza y no había nadie. El corredor seguía vacío, silencioso, lleno de muebles olvidados y puertas entreabiertas que conducían a otras habitaciones igualmente desordenadas sin embargo, la sensación no desapareció, al contrario pues cuanto más avanzaba, más clara se volvía la impresión de que algo permanecía allí conmigo, siguiendo cada uno de mis pasos con una atención absoluta.
El silencio dentro del castillo era tan denso que incluso el leve roce de un objeto contra otro parecía resonar demasiado. Trataba de avanzar con cautela entre las cajas apiladas, lámparas torcidas y muebles olvidados cuando un ruido seco quebró la quietud. Algo tropezó. El sonido fue torpe, humano. Una caja cayó de lado y levantó una pequeña nube de polvo que me detuvo de inmediato. Entre los montones de objetos algo se movía. Durante un instante pensé que era aquella presencia que sentía observando desde que había entrado. Mi cuerpo se tensó ligeramente, esperando ver surgir algo indefinible entre las sombras pero lo que apareció fue distinto: Un muchacho. Salió de entre las cajas con movimientos torpes, tratando de recuperar el equilibrio mientras apartaba una lámpara caída con el pie. Su ropa estaba cubierta de polvo gris, como si hubiera pasado mucho tiempo allí escondido entre los objetos. Se sacudió los hombros, levantando pequeñas partículas que flotaron en el aire oscuro. Luego levantó la mirada.
Cuando sus ojos encontraron los míos, una expresión de sorpresa sincera cruzó su rostro seguido de algo parecido al alivio hasta sonreír.
—Vaya… —dijo, soltando una pequeña risa cansada mientras se limpiaba las manos contra el pantalón—. No creí que alguien pudiera verme alguna vez… o poder ver a alguien que no se convirtiera en humo.
Su voz era tranquila, casi incrédula.
Solo lo observe en silencio.
Había algo extraño en aquel encuentro. No peligroso, pero sí profundamente desconcertante. Hasta ese momento todas las personas que había visto entrar al castillo se habían disuelto en bruma apenas cruzaban el umbral sin embargo, él estaba allí, Sólido, Presente, Real. Incline ligeramente la cabeza, aún tratando de entender lo que ocurría.
—¿Quién eres?
La pregunta quedó suspendida en el aire oscuro del cuarto.
El muchacho dejó de sacudirse el polvo y la miró durante un momento, como si aquella simple pregunta hubiera abierto una puerta inesperada en su mente. Sus ojos se desviaron hacia el suelo. Pensó o al menos eso pareció. Pasaron unos segundos y finalmente volvió a mirarla.
—No… —murmuró con una expresión confusa—. No recuerdo mi nombre.
Lo dijo con una calma extraña, casi como si acabara de descubrirlo al mismo tiempo que ella y aun así no había tormento…No había angustia en su voz, pero sí una especie de vacío.
El parecía satisfecho con ello y yo comprendía algo: Un nombre no es solo una palabra, Un nombre contiene historia, recuerdos, vínculos. Es la forma en que una persona se reconoce dentro del mundo. Sin él…La identidad misma parecía desvanecerse.
Lo observe durante unos segundos más, intentando encontrar en su rostro alguna pista, alguna señal de quién podría haber sido pero no encontré nada solo un muchacho cubierto de polvo, atrapado en un castillo lleno de objetos olvidados.
Confundida, finalmente asentí con suavidad.
Como si aceptara, al menos por ahora, que aquel lugar también era capaz de borrar algo tan esencial como el nombre de alguien.
Y mientras el silencio volvía a instalarse entre las cajas y muebles abandonados, la sensación de ser observados seguía allí…Más cerca que antes.
El muchacho permaneció quieto unos segundos más.
Me miraba con una atención extraña, casi intensa, como si intentara recordar algo perdido mirando directamente dentro de sus ojos. Su respiración era tranquila, pero su expresión había cambiado. Había en el una concentración profunda, como la de alguien tratando de reconstruir un recuerdo roto.
Sus pupilas no se apartaban de las mías, era como si quisiera memorizarme el alma.
Los labios del muchacho se entreabrieron apenas, un susurro escapó de su boca.
—Rene…
La palabra cayó en el aire oscuro con una claridad inesperada.
Abrí los ojos de golpe.
Algo dentro de mi reaccionó al escuchar aquel nombre. No era solo un sonido. Era una llave. Una vibración antigua que parecía acomodarse dentro de mi pecho, como si siempre hubiera estado esperando ser pronunciada.
Rene.
Justo cuando estaba a punto de responder, un escalofrió me llego hasta los huesos, mi mirada se desplazó por instinto detrás del muchacho y entonces lo vi.
Un ojo enorme. Tan grande como una pared entera.
Estaba incrustado en la oscuridad detrás de él, abierto por completo, inmóvil, observándonos con una atención absoluta. La superficie del ojo tenía una humedad enfermiza, y su pupila negra parecía absorber la poca luz que existía en la habitación.
Me congele, mis manos sudaron, mis piernas parecieron deshacerse bajo de mi. El muchacho notó el cambio en mi expresión.
—¿Qué pasa? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
No respondí …no podía ,el terror había detenido mi voz.
El muchacho siguió la dirección de mis ojos, y giro lentamente. En ese mismo instante la habitación latió.
No fue un movimiento brusco de concreto…Fue un pulso cual corazón …
Las paredes se contrajeron apenas y luego volvieron a expandirse, como si todo el espacio hubiera respirado.
La ilusión se rompió.
Las superficies lisas comenzaron a ondular, y las paredes dejaron ver lo que realmente eran: enormes tentáculos pálidos, gruesos, entrelazados unos con otros, camuflados bajo capas de polvo y estructuras falsas. Se movían lentamente, como raíces vivas que habían estado dormidas.
El ojo parpadeó. Una membrana translúcida lo cubrió por un instante.
No pude aguantar y desgarre mi garganta en un grito de terror y pánico, todas mis emociones volvieron a mi en un segundo.
El muchacho retrocedió de golpe, chocando con una mesa que cayó al suelo.
—¡Corre! —exclamó, aunque ni siquiera sabía hacia dónde.
Ambos nos lanzamos hacia el pasillo.
Las habitaciones comenzaron a deformarse mientras corríamos. Las paredes se cerraban lentamente, los muebles se desplazaban como si flotaran sobre una superficie blanda, y el suelo parecía latir bajo nuestros pies.
“El castillo” estaba vivo.
Corrimos entre puertas torcidas, escaleras inclinadas y pasillos que se retorcían mientras el sonido de algo gigantesco moviéndose detrás de las paredes nos perseguía.
Finalmente alcanzamos el umbral. Salimos al exterior.
El mundo que encontramos ya no era el mismo. El campo de flores se había transformado pues las flores amarillas y rosadas se arrancaban del suelo como si una fuerza invisible tirara de ellas hacia el cielo. Miles de pétalos flotaban en el aire, girando lentamente en espirales caóticas. La gravedad parecía romperse.
El cielo comenzó a abrirse. Agujeros circulares aparecieron entre las nubes blancas, enormes rupturas que dejaban pasar una luz intensa y desconocida. Rayos descomunales descendían hacia el campo como columnas de claridad que iluminaban el paisaje descompuesto.
El suelo tembló y el castillo detrás empezó a colapsar. Las murallas se agitaban dejando ver tentáculos mas grandes en un camuflaje de ilusión perfecta mientras se desprendían de entre ellos y caían con estruendos sordos.
Yo seguí corriendo incluso si no sentía el cuerpo, escuchaba los pasos del muchacho detrás de mi pero entonces ocurrió…El sonido de sus pasos desapareció.
Miró hacia atrás. El chico se estaba deshaciendo.
Su cuerpo comenzaba a volverse translúcido, igual que las otras personas que había visto antes. La forma humana se descomponía lentamente en una bruma gris que el aire empezaba a dispersar.
Él también lo notó. Bajó la mirada hacia sus propias manos mientras estas se desvanecían y sus ojos buscaron los míos una última vez, Había sorpresa en ellos pero también algo parecido a la comprensión.
La bruma lo envolvió y en silencio…Desapareció.
El mundo entero emitió entonces un pitido profundo, como el sonido distante de una estructura inmensa rompiéndose desde sus cimientos.
La luz que descendía del cielo creció hasta devorarlo todo pues las flores flotaron más alto, el castillo se fue y el paisaje entero se derrumbó dentro de aquella claridad imposible.
La luz desapareció. No fue una explosión ni un apagón repentino simplemente dejó de existir, como si alguien hubiera retirado del universo la idea misma de la claridad.
Cuando volví a percibir algo, mi cuerpo ya no tocaba el suelo. Flotaba.
Pero no en un espacio reconocible.
A mi alrededor no había cielo, ni tierra, ni horizonte. Aquello era un lugar imposible de describir con palabras humanas. Un entramado de formas que parecían extenderse en direcciones que la mente no sabía interpretar, como si el espacio mismo tuviera más dimensiones de las que los sentidos estaban preparados para comprender.
Superficies que se doblaban dentro de sí mismas, líneas que existían y desaparecían al mismo tiempo, fragmentos de luz que parecían pensamientos antes que objetos.
Era un universo de cuarta dimensión, una arquitectura cósmica que ninguna geometría conocida podía explicar.
Y sobre mi…Había algo…Un ser.
No tenía forma definida. No era un cuerpo ni una figura. Era más bien una presencia inmensa, una acumulación de existencia tan vasta que la comparación más cercana sería la de mil agujeros negros reunidos en un solo punto de conciencia.
Ojos, había ojos por todas partes, miles quizás millones.
Algunos grandes como planetas, otros diminutos como estrellas lejanas. Cada uno observaba desde un ángulo distinto, como si el ser contemplara todas las direcciones del tiempo y del espacio simultáneamente. Tentáculos colosales se extendían desde aquella masa inconcebible, moviéndose lentamente a través del vacío dimensional. No parecían hechos de materia, sino de algo más profundo: estructuras de energía, pensamiento o gravedad misma. No había una forma concreta, solo la certeza de que era algo inmensamente antiguo y estaba mirándome.
Uno de los ojos descendió lentamente hasta quedar sobre mi…diminuta en comparación, levante la mirada hacia aquella pupila infinita y entonces ocurrió algo inesperado.
No sentí miedo.
Una paz profunda, absoluta, comenzó a expandirse dentro de mi pecho.
Cerré los ojos. Mi cuerpo se sintió ligero, frágil, como si fuera una simple envoltura y por un instante… algo comenzó a desprenderse. No era doloroso, era como si una cáscara invisible se rompiera lentamente y de su interior emergiera algo más importante… mi esencia.
Durante ese breve momento, lo comprendí todo, comprendí quién había sido, comprendí cada recuerdo, cada pensamiento, cada decisión que había formado mi existencia.
Pero también comprendió algo más… cada átomo que componía mi cuerpo, cada partícula que alguna vez había pertenecido a una estrella lejana, la historia completa de la materia que ahora me formaba.
En ese lugar no existía el tiempo, no había pasado ni futuro, solo una conciencia infinita en la que todo ocurría simultáneamente.
Y entonces…Algo comenzó a moverse, primero lentamente después más rápido. Una aceleración imposible empezó a recorrer mi interior, como si todo lo que era — recuerdos, energía, identidad— comenzara a girar, a comprimirse, a reorganizarse. El universo entero parecía contraerse alrededor de ese instante.
Más rápido, más rápido, más rápido. Hasta que… abrí los ojos.
La luz del sol entraba suavemente por la ventana.
El techo de la habitación estaba sobre de mi, familiar, tranquilo. Las paredes, los muebles, el sonido distante de la mañana… todo estaba exactamente donde siempre había estado.
Mi respiración era calmada, mi cuerpo descansaba en la cama. Había despertado… como si todo hubiera sido simplemente un sueño más.
La luz de la mañana entraba por la ventana con una suavidad casi irreal, iluminando la habitación con ese tono pálido y cotidiano que pertenece a los días normales. El sonido lejano de la ciudad comenzaba a despertar: un automóvil pasando, una puerta cerrándose en algún departamento cercano, el murmullo indistinto de voces en la distancia.
Todo parecía… ordinario.
Durante unos segundos permanecí inmóvil en la cama, con la mirada perdida en el techo, tratando de acomodar la sensación confusa que habitaba dentro del pecho.
Entonces gire la cabeza… sobre la mesa de noche estaba el collar. La pequeña esfera de cristal descansaba sobre la madera, tranquila, como si siempre hubiera estado allí.
Me incorporé lentamente. Mis dedos tomaron la cadena con cuidado y levantaron la esfera a la altura de mis ojos.
Dentro del cristal seguían flotando aquellas manchas diminutas de color: rosa suave, amarillo cálido y pequeños destellos azules, suspendidos como fragmentos de vidrio derretido atrapados en pleno movimiento.
Lo sostuve frente a mi rostro y por un momento, el mundo pareció detenerse, algo en mi interior se acomodó de una manera extraña.
Incline ligeramente la cabeza, acercando más la esfera, observándola con una atención silenciosa. Sin darme cuenta, la contemplaba exactamente como aquel ojo gigantesco me había observado en aquel lugar imposible.
Una figura diminuta dentro de algo infinitamente más grande.
Un leve escalofrío recorrió mi espalda.
—Pero… me llamo Anastasia… no Rene —murmuró en voz baja.
Las palabras salieron casi sin pensar
Había una certeza incómoda escondida detrás de ese pensamiento, algo que parecía estar justo al borde de mi memoria.
Sabía algo, algo importante… pero no lograba recordarlo.
Me quede unos segundos más mirando la pequeña esfera, esperando quizá que los colores dentro del cristal se movieran o revelaran alguna respuesta.
Nada ocurrió.
El collar seguía siendo solo un objeto silencioso. Suspire suavemente y lo deje caer sobre la mesa.
La mañana continuó pero la sensación no desapareció.
Mientras caminaba hacia el baño, todo parecía ligeramente fuera de lugar. El reflejo en el espejo no se sentía completamente mío, incluso el contacto del agua fría en mi rostro me provocó una extraña incomodidad, como si mi propia piel fuera una prenda que aún no terminaba de ajustarse.
Me vestí en silencio. El uniforme médico blanco colgaba perfectamente de mi cuerpo cuando lo abroche frente al espejo. Era una imagen familiar, Y aun así… algo no encajaba: La tela se sentía demasiado limpia, demasiado correcta, como si perteneciera a otra persona.
Tome el collar nuevamente y por un instante dude. Luego lo coloque alrededor de mi cuello. La pequeña esfera descansó sobre mi pecho. La sensación extraña continuó acompañándola mientras salía de la habitación.
Durante toda la mañana, cada cosa que hacía —caminar por el pasillo, preparar café, recoger mi bolso— estaba impregnada por esa inquietud silenciosa.
Todo parecía ligeramente desplazado de su lugar, el mundo funcionaba con normalidad pero dentro de ella permanecía una certeza indefinible: Había visto algo… algo inmenso…algo que ahora mi mente ya no podía recordar.
Mi teléfono sonó sacándome de mis pensamientos.
Rápidamente lo atendí pues en la pantalla estaba ese hermoso nombre: Crissy ♡
―Buenos días mi amor… Mhm… si ya voy camino al Hospital, te veo por la tarde… También te amo…― Mientras a lo lejos se podía divisar mi lugar de trabajo: “Hospital Psiquiátrico Santo Domingo”.
Autor: Alex Nuñez
Cap.8 (cap.anterior) ✨☟










Me encanta leer todo aquello que sale de tu mente brillante y llena de magia que revolotea de colores. Es increíble el mundo que creas y los elementos que le dan vida.💓
Felicidades.
Me ha gustado mucho, menudo viaje onírico! Se me ha encogido el corazón con la escena espacial.